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De la llevanza del Estado

La muerte de Alfredo Pérez Rubalcaba, tal vez por inesperada, tal vez por haber ocurrido en mitad de una campaña electoral, se ha exagerado, hasta compararla con la pérdida de un Tótem de la República, o un Pater Patriae.

Dicen que era profesor de Química, y que incluso llegó a escribir artículos publicados en revistas especializadas. El pasado miércoles, sin ir más lejos, se despedía de sus alumnos hasta un viernes que nunca llegaría. Tal vez llegó a creerse incluso él mismo que era un venerable profesor de Química Orgánica en la Facultad.

No creo que fuese así. Fue un político. Puro y duro, desde el amanecer hasta el anochecer, y estoy seguro de que disfrutó y sufrió cada uno de los momentos que pasó a los mandos del Estado, desde el primero, en la Secretaría de Estado de Educación en el gobierno de Felipe González, a la Vicepresidencia en el de Rodríguez Zapatero.

Para unos un príncipe de las tinieblas. Para otros un fontanero del poder. Para todos la encarnación misma de Maquiavelo, en tanto que consigliere del Príncipe.

Un hombre de Estado. Pero no estaba solo.

Se le ve a él, las entrevistas, las declaraciones, las comparecencias, los debates parlamentarios y los pactos de Estado. En sistemas democráticos, como el español, pareciera que solo hay políticos. Nadie ve a los servidores del Estado.

Pero ahí están. Funcionarios leales, con vocación de servicio público, seguros en sus puestos y por ello vigilantes del poder, consejeros de políticos inexpertos, redactores de discursos, estrategas.

Uno de los cuerpos más desconocidos, y aún así esencial en la llevanza del Estado, lo conforman los Administradores Civiles del Estado. Es desconocido, supongo que porque si alguien quiere ser invisible puede serlo, se puede estar sin estar, pero supongo también que es poco conocido porque resulta muy difícil definirlo adecuadamente.

Yo quiero pertenecer a este cuerpo. ¿Por qué? pues es una buena pregunta, y razones hay muchas, cada uno tendrá la suya, desde aquellos que lo vean como los primeros escalones hacia el poder, a aquellos que lo entiendan como un seguro de vida. Un trabajo bien remunerado durante cuarenta años que te permite desarrollarte.

Para mí es distinto. Podría recordar aquella reunión entre Alejandro y Memnón en Tiro en la que el macedonio confesó "me dispongo a erigir un imperio tan colosal que nunca se borre de la memoria de los hombres". O podría haber sido porque uno de mis profesores de la universidad, que pertenecía al Cuerpo de Abogados del Estado, nos habló de la oposición en clase. O porque lo más sencillo era seguir estudiando cuando terminé los estudios universitarios porque no me veía listo para dar el paso siguiente.

Pero con el tiempo, la razón o las razones que me impulsaban, si es que lo hacían han cambiado. Ahora persigo esencialmente tres cosas. La primera, obviamente, es aprobar la oposición (puede que sea hoy cuando emprendamos un camino bonito hacia el aprobado), como reto, como logro personal e intransferible que nadie podrá quitarme.

La segunda, es la posibilidad de hacer una de las cosas que más me gustan, que es aprender, y leer a los maestros antiguos, y formarme como intelectual.

La tercera es contribuir a la llevanza del Estado. Desde mi puesto, el que sea, en silencio, con minuciosidad y con meticulosidad. Con lealtad y con vocación de servicio público. Yo diría que estoy preparado para darle a la sociedad, lo que la sociedad me está demandando.

Pero nada es seguro, todo es posible.

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