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De los hombres que no lo eran

Nunca conozcas a tus héroes. No los humanices. No intentes entenderlos.

La Caída de los Gigantes es el título de la primera de las novelas de la trilogía The Century, escrita por Ken Follet. En ella se ve el final de un mundo, el del siglo XIX, y el nacimiento del siglo XX, en lo que constituye un parto extremadamente sangriento si se tienen en cuenta la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, y la Guerra de los Colores (de los Rojos y los Blancos en Rusia).

Es una época interesantísima desde el punto de vista histórico. Viene estupendamente para entender la configuración del mundo que hemos heredado. Y la protagonizaron hombres terribles. Héroes y Monstruos. Héroes o Monstruos. Precisamente hace unas semanas vi una miniserie sobre uno de estos personajes maltratados por la historia (esa que hacen los vencedores): Lev Davdovich Bronstein, llamado Trotsky. El revolucionario por excelencia.

La serie situaba la acción en los últimos compases de su vida, exiliado en México, cuando recibe la visita de un periodista, (a la postre se revela como Ramón Mercader), interesado en escribir un libro sobre su vida, y se desarrolla una entrevista, en la que el viejo revolucionario desgrana cómo se convirtió en revolucionario, y cómo tomaron el poder derribando el mundo de los Zares.

Supongo que la mejor descripción de la serie sería la de histórica, pero en mi opinión habría de denominarse serie de terror, porque es una historia sobre los monstruos. La verdad es que para mí era solo un nombre más, un nombre que empleas de forma mecánica cuando quieres explicar un periodo determinado. No era alguien a quien admirase. Una vez visto el personaje a fondo, lo es aún menos.

Un anciano, frustrado y derrotado, masticando amargamente el resultado de su vida. Después de los mayores sacrificios se ve completamente solo y abandonado, enloquecido y rodeado solo de sus  fantasmas. Los de su padre, que le recordaba su condición de judío. Los de los generales y carceleros zaristas, que le recordaban su condición de revolucionario. Los fantasmas de sus hijos, que le recordaban que jamás fue un padre. y el temible fantasma de Vladimir Lenin, que le recordaba su fracaso final, en el momento más grandioso. Que le recordaba que precisamente el momento más peligroso para un tirano es la victoria. Porque entonces se pone en la diana de sus enemigos.

Hombres así... ¿Eran líderes? Pueden estar seguros de que sí. Y resultan muy distintos sin duda de aquellos a los que hoy llamamos líderes. Aquellos componían una imagen casi divina (o a lo mejor diabólica) Los nuestros podrían ser nuestro vecino. Aquellos eran gigantes, y muchos de estos parecen enanos...  Aquellos cambiaron el mundo. Estos simplemente lo administran. Y  precisamente por ello, no obstante, estoy seguro de que a aquellos líderes de antaño no los querrías cerca ni un instante.

Diría que habían perdido gran parte de la condición humana. O tal vez nunca fueron demasiado humanos. Un poder semejante... Un poder suficiente para cambiar el mundo, para ponerlo del revés y perdurar para siempre en la mente de los hombres... Tal vez no esté a la altura de los humanos. De los simples seres humanos.

Maquiavelo entendía que aquel que llevaba las riendas de la gobernación de lo stato, El Príncipe, debía despojarse de cualquier interés que no fuera el de la conservación del principado. Debía transformarse y hasta cierto punto deshumanizarse para ser capaz de manejar la comunidad.

¿Entonces es eso el Poder? ¿Es eso dirigir? ¿Es eso gobernar? Renunciar a una parte de tu humanidad, y endurecerte lo suficiente como para tomar las medidas más terribles, tensando cada uno de tus nervios en la dedicación y la conservación de la República...

Los héroes, lo son precisamente porque no son humanos. No los conozcas. No los descubras. No intentes comprenderlos.

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